Una lectura pausada, párrafo a párrafo
Agustín de Hipona era un joven brillante, de mente inquieta, atrapado entre la concupiscencia de la carne y la soberbia del intelecto. Identificado al principio con el paganismo de su padre, las oraciones constantes de su madre Mónica fueron labrando el terreno. Aun esclavo de sus pasiones, sentía la necesidad de buscar la verdad. Como él mismo reconocería más tarde, Dios obra por caminos misteriosos.

Aplicó toda su inteligencia a la filosofía —pasó por el maniqueísmo, por el escepticismo, por el neoplatonismo—, pero nada saciaba su hambre de verdad, mientras seguía atado a sus malas pasiones. Finalmente Dios lo fue atrayendo: por la predicación de Ambrosio en Milán, por la lectura de los filósofos, y al fin por las Escrituras, en aquel pasaje célebre de la Carta a los Romanos que leyó en el jardín. Desde entonces, el Espíritu Santo lo liberó de sus pasiones, y su fe nueva liberó también su mente poderosa para indagar y buscar la verdad.
Y aquí está el primer párrafo de su autobiografía espiritual, las Confesiones. En él vemos a un hombre que se hace preguntas, que no se conforma con lo simple, pero que tampoco se ha envanecido en su propia capacidad: humildemente busca las respuestas en Dios, en la quieta oración y la desapasionada reflexión.
Disfrútalo tanto como yo:
Grande eres, Señor, y muy digno de alabanza: grande es tu poder, y tu sabiduría no tiene medida. Y quiere alabarte el hombre, pequeña porción de tu creación; el hombre que arrastra consigo su mortalidad, que arrastra el testimonio de su pecado y el testimonio de que tú resistes a los soberbios. Y aun así quiere alabarte el hombre, pequeña porción de tu creación. Tú lo despiertas para que encuentre su gozo en alabarte, porque nos hiciste para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti.
Dame, Señor, saber y entender qué es lo primero: si invocarte o alabarte; y si es antes conocerte que invocarte. Pero ¿quién puede invocarte sin conocerte? Porque quien no te conoce, bien puede invocar una cosa por otra. ¿O será, más bien, que se te invoca para llegar a conocerte? Pero ¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán sin alguien que les anuncie?
Alabarán al Señor los que lo buscan: porque quienes lo buscan, lo encuentran, y quienes lo encuentran, lo alabarán. Que yo te busque, Señor, invocándote, y te invoque creyendo en ti, porque has sido anunciado a nosotros. Te invoca, Señor, mi fe: la fe que tú me diste, la que me inspiraste por la humanidad de tu Hijo, por el ministerio de tu predicador.
Reflexión
En este primer párrafo, Agustín comienza con alabanza, con reconocimiento de Dios.
Muchos autores comienzan con ellos mismos: su historia, sus reflexiones, sus logros o vivencias. Otros comienzan con la historia de sus héroes, como la Ilíada o la Odisea. Pero Agustín comienza con Dios, y lo primero que se atreve a hacer no es pedir cosas para sí, sino alabarlo.
Grande es Dios, y pequeño es el hombre. Ese es el punto de partida del salmista, del predicador del Eclesiastés, y es lo más sabio y lo más sobrio. Tú, Dios, eres el centro, y nunca seremos felices mientras queramos ser el centro nosotros.
Y cuando finalmente pide, pide lo que pidió Salomón: entendimiento. Quiere entender cuál debe ser la correcta relación entre Dios y el hombre, antes de analizar todo lo demás que es digno de ser analizado. Hay mucho que aprender en el universo creado —Agustín el filósofo lo sabe bien—, pero esto sigue siendo lo más importante de todo.
Como Agustín, yo de algo estoy seguro: de que tú, mi Dios, te dejarás encontrar, y de que quienes te encuentren, te alabarán.
Te pido que yo esté entre los que te encuentren. Te invoco creyendo, y aun la facultad misma de creer me la diste tú. Tú me saliste al encuentro. Te encarnaste, enviaste a tu Hijo, trabajaste con tu Espíritu en mí; mi madre, como Mónica para Agustín, fue instrumento para que yo te conociera. Con Agustín usaste a Ambrosio, el obispo y predicador, conmigo también usaste a predicadores… Padre del cielo, yo te estoy buscando, pero reconozco que, en Jesucristo, tú me buscaste primero a mí.

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