
Sumario de tesis
- Cuba, como defendió José Martí y proclamó el Congreso de los Estados Unidos en la Resolución Conjunta de 1898, por derecho debe ser libre e independiente; ese sería el estado óptimo de cosas.
- La independencia es una condición política del Estado; la libertad es una condición jurídica y real del individuo.
- Cuba hoy es formalmente independiente: no está unida políticamente a ningún otro Estado
- Cuba hoy no es libre: los ciudadanos carecen de garantías efectivas para sus derechos naturales y están sometidos al poder de los gobernantes, no al imperio de la ley.
- Dado el estado deplorable de cosas, la anexión a los Estados Unidos sería, para los anexionistas, una alternativa aceptable desde un punto de vista pragmático: los cubanos perderían la independencia del estado, pero ganarían la libertad personal. No sería el escenario más deseable, pero sí uno objetivamente superior al actual.
I. El ideal original: independencia como medio, libertad como fin
Desde sus orígenes intelectuales y políticos, la tradición republicana cubana concibió la independencia o soberanía no como un fin absoluto, sino como un medio, algo necesario de lograr para garantizar el verdadero fin: la libertad del cubano.
José Martí, figura central de la cultura nacional cubana, jamás idolatró la soberanía nacional por sí misma, sino que la consideró necesaria para alcanzar “la dignidad plena del hombre”. Su preocupación constante fue el despotismo y la opresión, viniera de fuera o naciera desde dentro.
En uno de sus Versos sencillos, Martí lo expresa con una claridad moral que hoy resulta incómoda para el nacionalismo oficial:
«Yo quiero, cuando me muera,
sin patria pero sin amo,
tener en mi losa un ramo
de flores y una bandera.»
Aquí no hay ambigüedad posible: Martí prefiere carecer de patria antes que vivir en ella esclavizado bajo un amo. La libertad personal ocupa un lugar más sublime en el corazón del apóstol que la independencia o soberanía del Estado cubano. La patria independiente no es, para Martí, un ídolo que justifique la servidumbre de los hombres.
Yo sé de un pesar profundo
Entre las penas sin nombres:
¡La esclavitud de los hombres
Es la gran pena del mundo!
Esa misma idea aparece con fuerza en su conocida obra Abdala, donde define el patriotismo en términos morales, no territoriales:
«El amor, madre, a la patria no es el amor ridículo a la tierra,
ni a la yerba que pisan nuestras plantas;
es el odio invencible a quien la oprime,
es el rencor eterno a quien la ataca.»
La patria, para Martí, no se reduce al suelo ni a la bandera: es incompatible con la opresión. Cuando quien oprime al hombre es el poder político nacional , la resistencia deja de ser antipatriótica y se convierte en un deber moral.
II. Independencia y libertad: una distinción fundamental
La confusión entre independencia y libertad ha sido una de las trampas conceptuales más dañinas en la historia política latinoamericana.
La independencia es una condición externa del Estado: implica soberanía territorial, reconocimiento internacional y ausencia de subordinación formal a otro poder.
La libertad, en cambio, es una condición del individuo: supone derechos garantizados, imperio de la ley y límites efectivos al poder político para evitar la opresión e injusticia.
Esta distinción está en el corazón del liberalismo clásico y fue comprendida tempranamente por los padres del pensamiento cubano.
Félix Varela, mucho antes de Martí, advertía contra la apropiación de la patria por una élite política:
«La patria no es de nadie, y si es de alguien, es del pueblo; y el pueblo no puede ser patrimonio de ningún hombre.»
Para Varela, no existe patria legítima allí donde los ciudadanos son tratados como instrumentos del poder. En la misma línea moral afirmaba:
«No hay patria sin virtud, ni virtud con impiedad.»
Si ya es un horror ver a un estado quitarle derechos a los extranjeros, cuanto más a los nacionales. La soberanía nacional, desprovista de justicia y de respeto a los derechos naturales, no ennoblece a un pueblo: lo degrada.
III. Cuba hoy: independiente, pero no libre
Desde el punto de vista del derecho internacional, Cuba es hoy un Estado independiente. No es colonia, no forma parte de una federación, tiene asiento en organismos multilaterales y ejerce formalmente su política exterior. En ese sentido estricto, la independencia se alcanzó.
Sin embargo, la libertad no.
La Cuba contemporánea carece de los elementos mínimos que definen a una sociedad libre:
No existe separación real de poderes. El Partido Comunista dirige el Estado y está constitucionalmente por encima del ciudadano. No hay pluralismo político, no se representa las distintas opiniones ni se celebran elecciones competitivas. Los derechos fundamentales están subordinados a fines ideológicos. El ciudadano carece de protección efectiva frente al poder estatal.
Ignacio Agramonte, arquitecto civilista de la República en Armas, comprendió con claridad que sin imperio de la ley no hay república posible. En los debates constitucionales de Guáimaro defendió la supremacía del orden jurídico sobre el caudillismo:
«La ley ha de ser la voluntad suprema, y no la voluntad de los hombres.»
Hoy en Cuba ocurre exactamente lo contrario: los hombres (del Partido Comunista) gobiernan por encima de la ley, y la ley se usa como un instrumento del poder. El ciudadano no está protegido por leyes claras y justas, sino sometido al capricho político del partido en el gobierno.
IV. La traición al espíritu fundacional
Carlos Manuel de Céspedes, al iniciar la lucha independentista en 1868, realizó un acto profundamente revelador: liberó a sus esclavos antes de proclamar la República. Con ello estableció un principio inequívoco: la libertad del hombre precede a la independencia del Estado. La nación no podía fundarse libre sobre la servidumbre de un grupo de sus ciudadanos.
Ya lo había establecido John Locke: La función del gobierno es proteger los derechos preexistentes, no concederlos. Y de acuerdo con Montesquieu: Donde no hay separación de poderes, no hay libertad.
Esa lógica moral atraviesa toda la tradición republicana cubana. Un Estado soberano que oprime a su pueblo traiciona las ideas de la libertad, y escupe en la cara a Martí, a Varela, a Céspedes y a Agramonte, aunque invoque sus nombres.
V. La anexión como alternativa trágica pero pragmática
En condiciones normales, la independencia de la nación es preferible a cualquier forma de subordinación política. La autodeterminación es un bien real y valioso. Sin embargo, la política no se decide en el vacío ni entre ideales abstractos, sino entre alternativas históricas concretas, con costos y beneficios reales para las personas.
Conviene además aclarar una distinción esencial: una unión de repúblicas no es lo mismo que una relación colonia–metrópoli. En una federación constitucional, la soberanía no desaparece por completo, sino que se comparte y se limita voluntariamente a cambio de derechos, garantías y estabilidad institucional. No se trata de dominación, sino de asociación política bajo un mismo orden jurídico. Es una relación entre iguales
Cuando la independencia ha devenido en un sistema estructural de opresión, —cuando mantener la independencia de un estado sirve para justificar a una élite gobernante y no para proteger al ciudadano— surge una pregunta incómoda pero necesaria:
¿en serio es mejor conservar la soberanía estatal a costa de la libertad de los ciudadanos?
La experiencia histórica demuestra que no ser un estado independiente no equivale a no ser una nación libre.
Un ejemplo ilustrativo es Texas.

Tras separarse de México en 1836, Texas existió durante casi una década como república independiente. Aquella independencia, sin embargo, fue frágil: carecía de estabilidad financiera, enfrentaba amenazas militares constantes y no podía garantizar plenamente la seguridad ni el bienestar de sus ciudadanos. En 1845, de manera deliberada y mediante mecanismos políticos formales, solicitó su anexión a los Estados Unidos. No fue una conquista colonial, sino una decisión política basada en un cálculo racional de intereses y libertades.
Hoy Texas no es un Estado soberano en el sentido internacional, pero los texanos son ciudadanos libres, titulares de derechos naturales protegidos por una constitución escrita, tribunales independientes y un sistema de pesos y contrapesos. Perdieron su independencia estatal, pero ganaron su libertad, que es el fundamento de toda vida republicana.
Otro caso revelador es Puerto Rico. No es un país independiente ni un Estado plenamente integrado a la Unión, pero sus habitantes gozan de libertades civiles, estado de derecho y ciudadanía estadounidense. Más aún, sus niveles de ingreso, esperanza de vida, alfabetización y protección jurídica superan ampliamente los de cualquier Estado independiente de América Latina. Puerto Rico confirma que la soberanía formal no es condición necesaria para la libertad ni para la prosperidad.
La experiencia europea refuerza el mismo punto. Durante la Guerra Fría, la Alemania Occidental tenía una soberanía limitada por su integración en el bloque occidental y por la presencia de potencias aliadas. Sin embargo, era una nación democrática, próspera y libre. La Alemania Oriental, en cambio, era un Estado plenamente “independiente” en términos formales, pero vivía bajo un régimen autoritario que negaba derechos básicos a sus ciudadanos. La comparación es contundente: la libertad importa más que la soberanía desnuda.
A estos ejemplos se pueden añadir dos casos adicionales que refuerzan la misma tesis desde contextos históricos y culturales distintos: Gales y Hong Kong.
Gales constituye un ejemplo temprano de cómo una nación puede preservar identidad, lengua y vida cultural propia sin ser un Estado soberano independiente. Tras su incorporación progresiva a la Corona inglesa entre los siglos XIII y XVI, Gales dejó de existir como Estado separado, pero no como nación. Con el tiempo, sus habitantes pasaron a beneficiarse de las instituciones jurídicas del Reino Unido, incluyendo el desarrollo del common law, la protección de derechos civiles y, posteriormente, la expansión de libertades políticas modernas. Hoy Gales no es independiente, pero posee autogobierno, representación política y libertades plenas dentro de una unión más amplia: el Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte. Su caso ilustra que la asociación política no implica necesariamente la desaparición nacional, y que la pérdida de soberanía formal puede coexistir con libertad civil real.
El caso de Hong Kong es aún más revelador y, en cierto sentido, más incómodo para las narrativas nacionalistas. Durante más de un siglo, Hong Kong fue un territorio bajo soberanía británica. No era un Estado independiente y, estrictamente hablando, era una colonia. Sin embargo, durante la mayor parte del siglo XX, sus habitantes gozaron de libertades civiles, estado de derecho, seguridad jurídica, propiedad privada y un sistema judicial independiente que estaban completamente ausentes en la China continental, la cual reclamaba —al menos cultural e históricamente— soberanía sobre ese territorio.
El contraste era evidente: un territorio no soberano era mucho más libre que un Estado plenamente independiente. Tras su transferencia a la República Popular China en 1997, bajo el principio de “un país, dos sistemas”, Hong Kong conservó por un tiempo esas libertades. Su erosión progresiva en las últimas décadas confirma, por vía negativa, el argumento central de este ensayo: cuando la soberanía se impone sin límites jurídicos, la libertad desaparece.
Estos casos refuerzan una conclusión difícil de eludir: la libertad no depende de la independencia formal del Estado, sino de la calidad de las instituciones políticas y jurídicas que gobiernan la vida de los ciudadanos. Una nación puede carecer de soberanía y, aun así, ofrecer a su pueblo un grado alto de dignidad, derechos y prosperidad; y puede, a la inversa, ser plenamente soberana y profundamente opresiva.
Frente a una Cuba que hoy es independiente, pero tiránica; soberana, pero empobrecida; dueña de su política exterior, pero enemiga de sus propios ciudadanos, la anexión a los Estados Unidos aparece como una alternativa aceptable desde un punto de vista pragmático, aunque no ideal.
No sería el escenario más deseable. La Cuba actual —devastada institucionalmente, atrasada y dependiente económicamente — no ingresaría a una unión de iguales, sino que correría el riesgo de ser percibida como un territorio rezagado, una carga fiscalmente onerosa. Ese costo simbólico y político no es menor y debe reconocerse con honestidad.
Sin embargo, incluso con ese sacrificio, la anexión garantizaría aquello que da sentido a toda república digna de ese nombre: la protección efectiva de la vida, la libertad y la propiedad de sus ciudadanos. Y sin esas garantías, la independencia deja de ser una virtud para convertirse en una coartada del despotismo.
Conclusión
La patria no es un fetiche, ni la soberanía es un fin en sí mismo. Existe para servir al hombre libre. Cuando deja de hacerlo, pierde su legitimidad moral.
Mejor —como intuía Martí— vivir sin patria que vivir con amo.
Y mejor aún, si la historia ofrece esa posibilidad, vivir libres, aunque no seamos independientes, que independientes bajo la opresión.
Bibliografía
Martí, J. (1891). Versos sencillos (Estrofa XXV). En Obras completas (T. 14). Editorial Mestas.
Martí, J. (1869). Abdala. La Patria Libre.
Varela, F. (c. 1836). Cartas a Elpidio (Carta sexta). Ediciones críticas.
Céspedes, C. M. de. (1868). Manifiesto de La Demajagua. Documento histórico.
Martí, J. (1888, 10 oct.). De Céspedes a Agramonte. El Avisador Cubano.
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