Una historia para reflexionar
2–4 minutos

Una mañana de domingo, Roberto se preparaba para asistir a la iglesia por primera vez junto a su esposa. Su amigo Julio le había estado hablando sobre su necesidad de Cristo, y tras varios meses de que su esposa asistiera, el Espíritu Santo lo había convencido finalmente de visitar. Iba con las mejores intenciones: vestido con pulcritud, llevando la Biblia que Julio le había regalado y sintiéndose agradecido por el cambio positivo que había notado en su esposa desde que comenzó a ir a la iglesia. Quería escuchar de Dios junto a ella. Sin embargo, olvidó un pequeño detalle: no puso su celular en silencio.


Justo en medio del sermón, cuando el templo estaba envuelto en un silencio absoluto, el teléfono de Roberto comenzó a sonar. El tono era fuerte y agudo, imposible de ignorar. El pastor se detuvo. La congregación se agitó Algunos lo miraron con desaprobación, otros movieron la cabeza en reprobación. Un par de personas susurraron entre sí mientras lo observaban. Incluso su amigo Julio bajó la mirada cuando sus ojos se encontraron, con una mezcla de vergüenza y decepción en su rostro. El rostro de Roberto se tiñó de rojo por la vergüenza. Tembloroso, intentó silenciar el teléfono, pero el sonido parecía prolongarse eternamente. El momento fue humillante, y el peso de las miradas juzgadoras lo hizo hundirse más en su asiento.

Más tarde ese día, aún perturbado, Roberto decidió pasar por el bar que solía frecuentar para distraerse y borrar de su mente el vergonzoso momento. Al sentarse, accidentalmente golpeó su bebida con el codo, derramándola sobre la mesa. La camarera había visto el accidente, así que se acercó con una sonrisa cálida y sincera. Limpió todo sin quejarse y le dijo: “No se preocupe, caballero. A todos nos pasa. ¿Le traigo otra? Esta va por la casa.” Le guiñó un ojo con amabilidad. Un hombre que estaba en la barra se giró hacia él y, con un tono amable, añadió: “No es tu día, ¿eh? Tranquilo. A mí me ha pasado más de una vez. Venga hombre, vamos a mirar el football, que aquí no ha pasado nada.”

Roberto se sintió confundido… y, al mismo tiempo, conmovido. Estas personas —que no sabían nada de fe ni de iglesias— le mostraron más compasión que aquellos en la iglesia que decían ser sus hermanos en la fe.

Nunca volvió a la iglesia. Pero sí regresó al bar. No porque amara el alcohol, sino porque allí encontró la comprensión, la paciencia y la amabilidad que había esperado recibir en la iglesia.

Esta historia no trata de promover bares ni de justificar errores. Es una invitación a reflexionar: ¿Cómo tratas a aquellos que cometen errores?

¿Somos como Jesús… o como los fariseos?

Jesús dijo:

“En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis amor los unos con los otros.” – Juan 13:35

“Hermanos, aun si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado.” – Gálatas 6:1

Que nuestras iglesias, nuestros hogares y nuestros corazones sean lugares de misericordia, donde el herido encuentre sanidad, el torpe encuentre paciencia y el que falla reciba perdón y gracia. No sea que, por falta de amor, alguien se aleje… no de nosotros, sino de Dios.

“Porque si por causa de la comida tu hermano se entristece, ya no andas conforme al amor. No destruyas con tu comida a aquel por quien Cristo murió.” – Romanos 14:15







Descubre más desde La Alternativa

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Posted in ,

Deja un comentario

Descubre más desde La Alternativa

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo